CORTISOL: EL GRAN INCOMPRENDIDO DEL ESTRÉS

Cortisol: qué es, cómo afecta a tu salud y cómo regularlo de forma natural

Si buscas “cortisol” en redes sociales, probablemente encontrarás vídeos que hablan del “cortisol alto”, la “cara de cortisol” o alimentos y suplementos que prometen bajarlo en pocos días. Parece que el cortisol se ha convertido en el culpable de casi cualquier problema de salud: cansancio, aumento de peso, dificultad para dormir e hinchazón.

Sin embargo, la realidad es muy diferente.

El cortisol no es una hormona “mala” y tampoco deberíamos intentar eliminarla. De hecho, es imprescindible para vivir. Cada mañana nos ayuda a despertarnos, regula el metabolismo, participa en el funcionamiento del sistema inmunitario y nos permite responder a situaciones que requieren un esfuerzo físico o mental.

El verdadero problema no es tener cortisol, sino que el estrés sea tan frecuente que nuestro organismo apenas tenga tiempo para recuperarse.

En este artículo veremos qué es realmente el cortisol, por qué aumenta, cuándo puede convertirse en un problema y qué hábitos cuentan con mayor respaldo científico para favorecer una respuesta saludable al estrés.

¿Qué es exactamente el cortisol?

El cortisol es una hormona producida por las glándulas suprarrenales, dos pequeñas glándulas situadas encima de los riñones. Su liberación está regulada por el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal (HPA)., un sistema de comunicación entre el cerebro y las glándulas suprarrenales que coordina la respuesta del organismo frente al estrés y ayuda a mantener el equilibrio interno.

Aunque se conoce como “la hormona del estrés”, está definición se queda muy corta.

El cortisol está presente todos los días incluso cuando nos encontramos perfectamente bien. De hecho, es esencial para numerosas funciones del organismo y sigue un ritmo circadiano muy preciso. Sus niveles aumentan durante los 30-45 minutos posteriores al despertar – un fenómeno conocido como Cortisol Awakening Response (CAR) – para ayudarnos a empezar el día con energía. A partir de ese momento, descienden de forma progresiva hasta alcanzar sus niveles más bajos durante la noche, favoreciendo el descanso.

Entre sus principales funciones destacan:

  • Mantener estables los niveles de glucosa en sangre.
  • Regular el metabolismo de grasa, proteínas e hidratos de carbono.
  • Contribuir al mantenimiento de la presión arterial.
  • Modular la respuesta inmunitaria y controlar la inflamación.
  • Favorecer el estado de alerta y la concentración.
  • Participar en la regulación del ciclo sueño-vigilia.

Como ves, el cortisol no es una hormona que debemos “combatir”, sino una aliada para el correcto funcionamiento del organismo.

¿Por qué aumenta el cortisol?

El cortisol aumenta siempre que el organismo interpreta que necesita más energía para afrontar una situación que supone un desafío. Aunque solemos asociarlo únicamente al estrés emocional, existen muchos estímulos que activan esta respuesta, y en la mayoría de los casos se trata de un mecanismo completamente normal y beneficioso.

Algunas de las situaciones que pueden aumentar de forma fisiológica los niveles de cortisol son:

  • Estrés psicológico, como preocupaciones, conflictos o sobrecarga laboral.
  • Ejercicio físico intenso o prolongado.
  • Falta de sueño.
  • Enfermedades, infecciones o procesos inflamatorios.
  • Dolor físico.
  • Hipoglucemia o periodos prolongados de ayuno.
  • Cambios importantes en el organismo, como el embarazo.

Esta respuesta es completamente fisiológica y, de hecho, resulta beneficiosa porque nos ayuda a adaptarnos a los desafíos cotidianos.

El verdadero problema: el estrés crónico

Nuestro organismo está preparado para responder al estrés durante un tiempo limitado.

Sin embargo, cuando el estrés se vuelve constante, el eje del estrés permanece activado durante más tiempo del deseable.

Con el tiempo, esta situación se ha asociado con un mayor riesgo de:

  • Alteraciones del sueño.
  • Mayor inflamación.
  • Peor regulación de la glucosa.
  • Mayor riesgo cardiovascular.
  • Cambios en el estado de ánimo.
  • Fatiga persistente.
  • Disminución del rendimiento cognitivo.

No obstante, es importante aclarar que muchos de estos efectos no son consecuencia exclusiva del cortisol, sino del conjunto de cambios fisiológicos que acompañan al estrés crónico.

¿Existe realmente el “cortisol alto”?

En la mayoria de las personas sanas, el problema no suele ser producir demasiado cortisol, sino que el organismo permanezca durante demasiado tiempo en un estado de activación. En otras palabras, más que un exceso de cortisol, suele existir una alteración en la regulación de la respuesta al estrés y de su ritmo fisiológico.

Un exceso mantenido y patológico de cortisol sí existe, pero suele deberse a enfermedades endocrinas, como el síndrome de Cushing, o al uso prolongado de medicamentos corticoides. Estas situaciones son poco frecuentes y requieren un diagnóstico y seguimiento médico.

Por ello, sentir cansancio, dormir peor o haber ganado peso no significa automáticamente que tengas “el cortisol alto”. Son síntomas inespecíficos que pueden estar relacionados con múltiples factores.

Además, aunque el cortisol puede medirse en sangre, saliva u orinia, estas pruebas solo están indicadas cuando existe una sospecha clínica de una alteración endocrina. En personas sanas, no son útiles para valorar el “nivel de estrés”.